Hay personas que buscan tesoros en el fondo del mar y otras que los encuentran en un camino de tierra. Javier, un jubilado de 67 años, pertenece al segundo grupo, aunque su definición de tesoro sea, cuanto menos, particular: piedras que se parecen a patatas.
Lo conocí una tarde de martes en su garaje, convertido desde hace una década en el Museo de la Patata Pétrea. Más de trescientas piezas descansan en estanterías de madera, cada una con una etiqueta escrita a mano y una historia que la acompaña. "Esta es la número 47, la bauticé como 'La que casi se fríe sola' porque la encontré al lado de una freidora abandonada", me dice señalando una roca de tamaño mediano con una textura sospechosamente similar a la de una patata frita.
La obsesión comenzó por accidente. Javier paseaba por la playa de su pueblo cuando una piedra llamó su atención: era alargada, con pequeños hoyuelos y un tono marrón claro. "Me agaché, la cogí y pensé: esto es una patata. No una piedra que se parece a una patata, sino una patata que se convirtió en piedra. Y ahí empezó todo", recuerda con una sonrisa que no abandona su rostro durante toda la conversación.
Su familia, al principio, lo tomó a broma. Su mujer, Carmen, confiesa que pensó que era una fase pasajera. "Pero cuando llegó a las cincuenta, me di cuenta de que esto iba en serio. Ahora soy yo quien le avisa cuando veo una piedra rara en el campo", admite entre risas mientras nos sirve un café en la cocina.
Lo más curioso de la colección no es su tamaño, sino el sistema de clasificación que Javier ha desarrollado. Hay categorías como "patatas de asar" (las más grandes y rugosas), "patatas fritas" (las alargadas y planas) y "patatas baby" (las pequeñas y redondeadas). Cada pieza tiene un nombre propio y una ficha con la fecha y el lugar del hallazgo. "La número 12 se llama 'La viajera' porque la encontré en un viaje a Galicia. La número 89 es 'La rebelde' porque tiene una forma que desafía cualquier lógica patatera", explica con la seriedad de un conservador de museo.
El garaje se ha convertido en un punto de encuentro para los vecinos del pueblo. Los jueves por la tarde, Javier abre las puertas y ofrece visitas guiadas gratuitas. "Al principio venían por curiosidad, pero ahora hay gente que repite. Incluso tengo una lista de espera para quienes quieren donar piedras que han encontrado en sus viajes", comenta orgulloso.
Cuando le pregunto si alguna vez ha dudado de su afición, Javier se toma un momento para responder. "Claro que he dudado. Hay días en los que pienso: ¿qué estoy haciendo con mi vida? Pero luego llega alguien y me cuenta que encontró una piedra con forma de patata en la playa y que no pudo evitar acordarse de mí. Y entonces entiendo que esto no va de las piedras, va de la alegría de encontrar algo absurdo que te haga sonreír. Y eso, en este mundo, no tiene precio."
La entrevista termina con una visita al jardín trasero, donde Javier tiene una zona de cuarentena para piedras recién encontradas que aún no han sido clasificadas. "Tienen que aclimatarse", bromea. Antes de despedirme, me regala una pequeña piedra redondeada que encontró la semana pasada. "Esta tiene potencial. Cuídala, y si algún día te cansas de ella, ya sabes dónde devolverla."