Todo empezó con un vídeo viral. Un gato naranja, con una dignidad pasmosa, hacía sus necesidades en el váter y luego tiraba de la cadena con una pata. Yo, que creo que mi gato es un genio incomprendido, pensé: si ese bicho puede, el mío también.
La primera semana coloqué un adaptador de plástico sobre la taza. Mi gato, que se llama Mortadelo, lo olió, me miró con desprecio y se fue a dormir al sofá. Lo intenté de nuevo con premios de atún. Mortadelo se comió el atún y siguió usando su caja de arena como si nada.
La segunda semana el plan se torció. Mortadelo decidió que el adaptador era un juguete nuevo y lo tiró al suelo. A las tres de la mañana oí un ruido terrible: el plástico había caído dentro del váter y el agua salpicaba por todas partes. Mi vecino del segundo llamó a la puerta para preguntar si estaba todo bien. Le dije que sí, que estaba enseñando a mi gato a ser civilizado. No volvió a dirigirme la palabra.
La tercera semana intenté el método de la paciencia: subir la tapa, dejar que Mortadelo se acostumbrara al sonido del agua. El resultado fue que mi gato desarrolló un miedo irracional al baño. Ahora, cada vez que entro, me mira desde el pasillo como si fuera a traicionarlo.
Al final, el único que aprendió algo fui yo. Los gatos tienen su propio concepto de higiene y ningún tutorial de internet puede contra la voluntad felina. La caja de arena es un territorio sagrado que no se negocia. Mortadelo sigue siendo un genio, pero un genio que prefiere la arena fina y un rincón tranquilo.